Angel Mario Herreros

Fusilamiento de Dorrego. El día después

 

“París bien vale una misa”

(París vaut bien une messe)

 

Enrique IV de Francia

 

La acción transcurre en lo que aparenta ser la sala principal de un casco de estancia al que se le ha retirado su moblaje habitual. Sólo queda, en el centro de la habitación, una mesa ovalada, de tamaño mediano, y colgados de las paredes encaladas algunos cuadros familiares. Hay un gran ventanal al fondo y sobre la derecha una puerta de acceso de doble hoja, ambas aberturas con sus correspondientes cortinados. Al fondo, en un rincón, se ve un catre de campaña, con las cobijas revueltas. Sobre la mesa varios planos enrollados; un catalejos; un pistolón y un tintero. Sentado a la mesa, a la izquierda, frente a la puerta, en la única silla que se observa en el ambiente, está el General Juan Galo de Lavalle, un hombre alto, rubio, barbado, vestido con uniforme, sosteniendo una pluma con la que escribe una carta.

 

VOZ EN OFF - !Mi general, han llegado los oficiales superiores que usted mandó llamar!

 

GENERAL LAVALLE - ¡Dígales que pasen!

 

Se abre la puerta, por donde entran tres hombres: Los coroneles Gregorio Aráoz de Lamadrid y Federico Rauch, y el sargento mayor Mariano Acha, quienes, tras saludar, se paran, respetuosamente, a medio camino entre el acceso a la habitación y la mesa en que está sentado Lavalle, quien responde con un breve gesto y continúa con su tarea. Se percibe cierta tensión en el ambiente. Transcurridos unos segundos, el general, satisfecho con el resultado, sopla el papel para secar la tinta, para luego dejarlo a un costado de la mesa, junto a otras misivas, tras lo cual se incorpora, sin dejar su lugar tras de la mesa, como queriendo poner aún más distancia con sus subalternos

 

GENERAL LAVALLE - Y bien, caballeros, supongo que sabrán el por qué los llamé a reunión.

 

Se hace un silencio incómodo, los tres oficiales están cabizbajos, quizás sumidos en sus propios pensamientos.

 

MARIANO ACHA (tras una corta vacilación) – Ante todo quisiera agradecer al señor general mi ascenso a coronel, yo sólo cumplí con mi de…

 

El sargento mayor no logra finalizar su frase, Lavalle lo frena con un gesto, mientras Lamadrid lo fulmina con la mirada.

 

GENERAL LAVALLE – Ahora no estamos para esas cosas, sargento mayor (pone énfasis en las dos últimas palabras)… Ya que ustedes no lo dicen, lo diré yo: el asunto a tratar es la ejecución del Coronel Dorrego. Yo lo hice fusilar ¡y volvería a hacerlo! (hace una pausa). Debo admitir que ese bribón tenía cojones… Rehusó el carro que los trasladaría las cinco cuadras hasta el corral en que lo despené, diciendo que sus piernas estaban tan fuertes como su corazón; abrazó al sargento a cargo del pelotón de ejecución… en la hora escasa, desde que le comunicaron mi decisión hasta que recibió los ocho balazos, redactó varias cartas dirigidas a su esposa, hijas y algunos amigos, y por lo que pude ver no le tembló el pulso… (hay una suerte de admiración en sus palabras), pero lo cierto es que este delincuente está muerto… ¡Y bien muerto está! (su discurso se va inflamando, pero da la sensación de que le falta convicción). Dorrego representaba lo peor de la nacionalidad: amigo de los bárbaros, del pobrerío, hombre díscolo, indisciplinado, demagogo…

 

CORONEL LAMADRID - (interrumpiendo a Lavalle) Y un patriota…

 

LAVALLE - ¿Un patriota? ¿Dice usted un patriota? ¿Olvida que los generales Belgrano y San Martín lo castigaron por su indisciplina? (ahora su enojo es sincero)

 

LAMADRID - (sin amedrentarse) Es verdad, mi general, pero luego Belgrano confesó que si hubiese tenido a su lado a Dorrego en Vilcapugio y Ayohuma, esas batallas se ganaban.

 

LAVALLE - ¡Suposiciones! ¡Sólo suposiciones del finadito Belgrano! ¡Lo cierto es que desde hace tiempo Dorrego es un conspirador! ¡Un enemigo de lo mejor de nuestra sociedad!

 

LAMADRID - (adelantándose) ¿Conspirador? Hubiera jurado que los insurrectos éramos nosotros… después de todo el gobernador de Buenos Aires era Dorrego, elegido legalmen… (Lavalle lo interrumpe dando un sonoro golpe sobre la mesa)

 

LAVALLE – ¡Ni una palabra más, coronel! ¡Usted está peligrosamente cerca de la insubordinación! (y agrega, en tono conciliador) Entiendo que ustedes eran amigos con el muerto, incluso compadres, por eso tolero sus dichos, que entiendo vienen desde el dolor de su pérdida, pero ya es suficiente, Gregorio, usted se está excediendo, le pido que no me obligue a arrestarlo…

 

Lamadrid asiente, con cierta reticencia, y da un paso atrás. Los demás  oficiales son apenas mudos testigos de la escena.

 

LAVALLE - (a todos) Los hice venir, señores, para hacerles la siguiente pregunta: Si en vez de ejecutarlo sumariamente, sin juicio previo, se lo hubiera sometido a corte marcial, y ustedes hubieran integrado el tribunal de guerra… ¿Cuál hubiera sido su veredicto? En otras palabras ¿lo hubieran condenado a muerte?

 

Ninguno de los presente emite sonido, nadie se atreve a ser el primero en expedirse

 

LAVALLE - (imperativamente) ¡Señores! ¡Escucho sus opiniones!

 

CORONEL RAUCH - (con fuerte acento prusiano) ¡Sin dudas lo hubiera hecho fusilar!

 

LAMADRID - ¡Usted lo hubiera condenado porque odia a Dorrego desde hace años! ¡Eso es vox populi!

 

RAUCH - (airado) ¡Y usted, Lamadrid, lo hubiera apañado porque son amigos de toda la vida!

 

Ambos coroneles dan, cada uno, un paso hacia el otro y por un momento parece que van a trenzarse a golpes, pero Lavalle interrumpe la discusión dirigiéndose directamente a Lamadrid.

 

LAVALLE - Coronel, ¿Cuál hubiera sido su voto en caso de integrar el tribunal de guerra?

 

LAMADRID - No puedo responderle con certeza, mi general. Sí puedo asegurarle que le hubiera dado derecho a legítima defensa. Pero de la manera que usted actuó, señor… ¡Quién sabe lo que dirá la opinión pública! ¡Y más allá, como nos juzgará la posteridad! En este caso valen tanto el fondo como las formas… y, discúlpeme, esto se ve más como un crimen que como un acto de justicia.

 

LAVALLE - (molesto y como queriendo salir de la situación) Bien, sólo quería conocer su opinión. Voy a participarles el contenido de esta carta que acabo de escribir y que en minutos sale para Buenos Aires (toma la nota que acaba de escribir y comienza a leer)

 

“Participo al Gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. La Historia, señor ministro, juzgará imparcialmente si el señor Dorrego ha debido o no morir, y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera el pueblo de Buenos Aires persuadirse que la muerte del coronel Dorrego es el mayor sacrificio que puedo hacer en su obsequio… Saludo al señor ministro con toda consideración. Juan Lavalle”

 

Como pueden ver, caballeros, los he eximido a ustedes, como oficiales superiores, de toda responsabilidad por la muerte de Dorrego, tengo aquí (señala los papeles sobre la mesa) cartas de Brown y Díaz Vélez pidiendo clemencia para el condenado; también me escribieron del Carril y Agüero recomendando su fusilamiento…!Pero yo tomo mis propias decisiones! (se exalta paulatinamente) ¡No soy títere de nadie! ¡Hice lo que consideré mejor para los intereses de la Nación! ¡Corté la cabeza de la Hidra, y con ello ahorraremos ríos de sangre a las provincias! ¡Es claro que muchos criticarán mi decisión! Pero, señores, “París bien vale una misa”. (hace una pausa, buscando serenarse). Señores, creo que tengo en claro la opinión de mi Estado Mayor (da un respingo y recuerda que Mariano Acha no ha abierto la boca durante todo el intercambio) Sargento Mayor, bueno… coronel Acha… ¿Tiene usted algo que agregar a lo dicho? (Acha niega, tímidamente, con la cabeza). Entonces pueden retirarse.

 

Tras saludar militarmente, los tres oficiales comienzan a salir, el último en hacerlo es Lamadrid, quien, ya en el vano de la puerta, se da vuelta y habla.

 

LAMADRID - Sólo una afirmación y una pregunta, mi general… Usted se refirió a Dorrego como “el condenado”… le recuerdo que para que haya condena, es necesario un juicio previo, y aquí sólo hubo una decisión suya, unilateral y sin sustento jurídico… Ahora la pregunta: ¿Por qué, previo a le ejecución, usted se negó, reiteradamente, a entrevistarse personalmente con Dorrego?

 

LAVALLE - ¡Buenas noches, coronel! ¡Hágame el servicio de retirarse de una buena vez! ¡No abuse de mi paciencia!

 

Lamadrid gira la cabeza a diestra y siniestra, con gesto de desaprobación, mira largamente a Lavalle, quien le sostiene la mirada, y por fin sale de la habitación.

 

Una vez que se cierra la puerta, recién entonces Lavalle sale detrás de la mesa, camina hasta proscenio, y se para frente al público… su expresión es torturada)

 

LAVALLE - (a media voz, pero intensamente) ¡Es que tuve miedo de mirarlo a los ojos! (y baja la cabeza hasta casi tocar el pecho con la barbilla)

 

Paulatinamente va disminuyendo la iluminación, hasta la oscuridad absoluta, mientras en OFF se escucha el siguiente aire de milonga.

 

Allá en la Estancia de Almeida

se ordenó el fusilamiento

con un pañuelo amarillo

sus ojos enceguecieron.

 

Cuando el padre Juan José

lo acompañaba en silencio.

Sonaron ocho disparos

y quedó escrito en un pliego:

 

Besos para esposa e hijas.

Que Dios proteja mi suelo.

Ahorren sangre de venganza.

Firmado: Manuel Dorrego.


NOTA DEL AUTOR: La desafortunada decisión de Lavalle no tuvo los efectos deseados, muy por el contrario inauguró una matanza entre argentinos que se prolongó por más de dos décadas, hasta la organización nacional definitiva, en 1853.

Escritura teatral

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