El mercader de Venecia

Escrita entre los años 1596 y 1598.

Son diversas las fuentes utilizadas por W. Shakespeare, entre ellas: Gesta Romanorum (obra escrita en el siglo XIV, de autor desconocido y que reúne una serie de relatos históricos y leyendas de la época clásica, en las cuales se encuentra la historia de un caballero que toma dinero prestado de un mercader con la condición de que si no satisface su deuda en el plazo convenido, perderá toda la carne de su cuerpo, desarrollándose luego el juicio de la misma manera que en el Mercader de Venecia). Il Pecorone, de Giovanni Fiorentino (1558), que contiene las aventuras de un joven de nombre Gianetto y que coinciden con las narradas en El mercader (si bien no existe una versión impresa de la obra en la época de Shakespeare, es probable que llegara a él de forma oral o escrita dentro de los círculos literarios de la época.) Zelauto, de Anthony Munday (relato en lengua inglesa, escrito en 1580).

El mercader de Venecia no cuenta la historia del mercader. La obra, en realidad, se divierte con Bassanio, Portia, Nerissa, Gratiano y Shylock. La tristeza, la traición, la crueldad, posibilitan la comedia siempre y cuando no afecten a aquellos personajes seleccionados para hacer triunfar el amor, siempre que no rocen a Bassanio, Portia, Jéssica, Lorenzo, Nerissa y Gratiano.
Antonio, en su tristeza, es esa “oveja negra”, sin lugar, relegado.  Es ese personaje que no puede decir, no puede contar su historia porque justamente es el propio teatro, el propio juego de las palabras y el escenario, la propia “comedia” que se impone y no permite que se manifieste. Es un personaje preso en el género. Lo importante en Antonio, quizás, son esas palabras, esa verdad que no puede decir.

ANTONIO: No, no es la mercancía lo que me entristece.

SOLANIO: Entonces es que estáis enamorado.

ANTONIO: Calla, calla.

En una comedia sólo hay una verdad: la del escenario, la de las palabras. La decisión parece manifestarse de manera arbitraria. En el mercader, Portia aparece como la dueña de esas palabras y es ella la que conduce la acción a lo largo del relato. El judío habla de dinero, Antonio habla de tristeza y Portia habla de amor. Domina el lenguaje del amor.

En las reglas que impone el propio juego cómico es llamativa por ejemplo la escena donde Portia debe elegir un marido a partir de los cofres. Esta imposición de selección no encaja en una mujer que se muestra autoritaria, valiente, decidida. Pero, vale recordar, es una comedia, y ella debe elegir un marido bajo un sistema de comedia. La lógica de la comedia es la lógica del artificio, de la sorpresa. Lógica supeditada a la teatralidad, a un absurdo aparente que no es sino el absurdo del teatro, y que provoca en el mejor de los casos, el humor. La escena del juicio, también, se destaca en esa especie de conversión. De ser un juicio que se prometía desgarrador, tremendista, patético, se convierte en una acertada farsa a partir de las intervenciones de Portia.

La traición a Shylock (el hecho de que su hija lo abandone), la melancolía de Antonio, no son buenos argumentos, no son situaciones dramatizables en el esquema de una comedia. Quizás sí en una tragedia. Shylock también es un personaje condenado por el propio género teatral. No es sólo un ser del mal, obsesionado por el dinero, es también un padre despechado, marginado, que no tiene derecho a explicitar que le duele haber perdido a su hija, no tiene ese permiso. Y Jéssica tampoco volverá, ya ascendida a una categoría de personaje central porque ha huido con Lorenzo (ha ayudado a los buenos de la comedia). Ya no tiene que volver a pedir perdón, porque ha sido perdonada por los componentes de la sociedad a la que aspira. Es integrante del bando de la celebración, los partícipes centrales del género. 

El autor consigue que la tristeza en medio de la celebración quede descontextualizada, y por tanto, desde esa técnica de la ausencia, la aparición de un nuevo matiz. El texto potencia su crueldad sobre esos personajes desplazados, solos.

Bibliografía: Conejero, M. A. En torno a Shakespeare, El eros adolescente: la construcción estética en Shakespeare.

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