Martín Martínez

 

En el baño de un antiguo bar de pueblo la vieja trapea mientras se mira en el espejo. Dentro de la puerta del baño parece haber alguien. Ella cuando puede se acerca a la puerta a oír y luego se aleja mirándose en el espejo inspeccionando su dentadura.

Vieja: No es por nada pero aquí la gente suele saludar (pausa), camioneros. Llegó más temprano de lo acostumbrado. Me hubiera dicho, por favor, que despilfarro el mío, todo tirado y sucio, encima este lugar del demonio. ¿Hace calor verdad?  Le tengo preparado una rica fanta congelada en la heladera como gusta siempre que llega sediento de tan largo viaje.  Hoy el sol entra por dónde nunca suele hacerlo, curioso ¿no?, y parece que nos ha unido en este día (muestra su sonrisa al espejo) ¿Qué dice? (PAUSA) más silencioso que nunca está hoy. Pasaré al menú del día: Fideos a la rossini, como usted  sabe, con ese toque de mamá. Perdón no debí decir… carne tiernizada para esos dientes cansados de tanta ruta, y lo mejor, sanguche de milanesa con tomate y lechuga. ¿Le tomo el pedido? ¿Señor me escucha cuando hablo? (Se acerca lentamente a la puerta del baño. Golpea. Silencio) ¿No me diga nada, me preguntará qué hago acá? (para sí misma) ¿Qué digo? (PAUSA) ¿Nunca le ensañaron a saludar? Es de mala educación. (Negando con la cabeza al espejo) El baño está muy sucio y no hice a tiempo a trapear y usted viejo reo no avisó que pasaba antes. ¿Qué se piensa que es su casa y entra cuando quiere? Borracho insensible. Siempre esperándolos con todo listo, limpio, al menos eso intentaba, y ellos inmutables como si nada los moviera. ¿De dónde es usted? Viene pasado unas semanas y su rostro es inusual al pueblo. No es de por acá ni de alrededores, porque nos conocemos todos. Es más de ciudad, porteño caracúlico seguro, que hace pensar que no tiene rumbo. Imagino que está en sus últimas andadas con el camión. Si si… Lo siento cansado que de costumbre cuando llega y se sienta de sopetón en la silla, sin aire pareciese. En este momento debe estar Don Choco a la espera de su vermuth antes que caiga el atardecer. Ahí es cuando entra usted en la escena, salvo hoy, y se sienta. Desde acá veo su silla vacía… que da a la calle, mirando horas por la ventana ¿qué ve? ¿Qué siente? (Pausa) dándose vuelta para dibujar una A sobre las gotas de agua que caen del vaso. Yo me llamo Amanda, pero claro, obvio que no lo sabe. Así que la A no es por mí, será tal vez por algún perro solitario que tenga y le falté una pierna… no sé (Por debajo de la puerta del baño sale el cartón de un rollo de papel higiénico. Ella lo toma. Golpea la puerta) ¿Quedamos corto ahí dentro? No se preocupe es el calor que inunda últimamente el pueblo. Ya le traigo un rollo nuevo. (Va a salir pero se detiene justo antes de poder cruzar la puerta) Sabe, el otro día agarré una indigestión de por demás que me tuvo del baño a la cama sin pausa alguna y encima la calor que no ayuda para nada. Uno está como perro de pueblo sediento a cada jadeo, seco en cada paso que da cuando el sol aparece en la vidriera del restaurante, se echa sobre la sombra que da el toldo, y uno como si fuera perro pispeando que alguna mosca no se entrometa en el tiempo de la nada; si, la nada. A partir de las dos de la tarde cuando nadie parece caminar por acá, salvo usted y Don Choco, es la nada la que se entromete en mi día. Ahí, cuando todos desaparecen en la sombra y el negocio  parece desnudo, está usted… con la misma remera de siempre, transpirando cada día un poco más, o es como lo presiento. Me dan unas ganas terribles de llevarle una gaseosa, pero ese silencio que tiene, la jeta como la vidriera del local me lleva a no acercarme a su nada. Y yo, sola, esperando el movimiento del atardecer que trae nuevos borrachos para comer y tomar. Yo en la calor de la tarde, en el tiempo de las moscas, la bebida congelada, con mis piernas cansadas que reconocen mi edad… ahí cuando usted se sienta en mi mundito.

Escritura teatral

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