Puntos de vista

Cuando empecé a escribir tenía la costumbre de rotular el inicio de la obra con el número de la escena, o con algún título provisorio, o con una craneada didascalia. Todo esto desde la nada, la obra aparecía en el papel desde su inicio con una soberbia intención de transitar un camino hacia su final. Un día en una clase, Monti me hizo algunas preguntas sobre ese mundo que había empezado a escribir, mundo que tenía pretensión de inicio de obra y que parecía querer ir a algún lugar. Me preguntó sobre los personajes, sobre el espacio, y caí que buena parte de lo que estaba escrito era de algún modo arbitrario, producto de mi ansiedad, de buenos y malos entendidos sobre la escritura y de creer que para escribir había que ir desde el principio al final.

Más tarde entendí más o menos que una obra se compone de reglas. No existe digamos una única regla, una ley que te indique como tenés que escribirla. Por ejemplo tu primera imagen puede ser el principio o el final, o una parte media, algo que por ahí después descartás o hasta una imagen que condense la acción que atraviesa la totalidad. Tu contacto con el papel, por qué no, también puede ser una ordenada progresión desde la escena I hasta el FIN, quién sabe si ya no existen procesos asociativos anteriores, inconscientes, azares que te permitan avanzar, en fin, al fin.

La cuestión, y a lo que voy, es que para mí el tema fue el punto de vista. En esos primeros años de escritura me empecé a sentir encorsetado. La obra me apretaba con su configuración inicial que debía seguir, y me ajustaba finalmente la perspectiva, no podía salir de ahí. El dispositivo espacial se imponía arbitrariamente desde su inicio y toda su continuidad debía ajustarse a eso. Una noche, en medio del proceso corsé de Escena I en dirección a FIN tuve una especie de pico de agotamiento. Y vino, creo, una cosa cercana a una revelación, un click. Me estaba ahogando y tuve que salir a tomar aire -literalmente salí a caminar-. Empecé a imaginar esos personajes en el espacio que había planteado y en otros. Pensé en imágenes, personajes, espacios, que ni siquiera eran parte del cuerpo de la obra pero que de alguna manera alimentaban y completaban la acción-tensión-conflicto. El mundo se expandió o explotó en una serie de imágenes y asociaciones desordenadas. Y las escribí. El trabajo dejó de ajustarse al cuerpo literario de la obra terminada, o a la pretensión de querer llegar a una obra terminada. Para mí fue un alivio.

Si no existe una única regla o un único procedimiento, es porque cada proceso de escritura es tan particular como la misma obra. En todo caso existen reglas y procedimientos que la obra intenta comunicar. Hablar en términos abstractos de dramaturgia es quizás entonces una contradicción, un choque de opuestos, en fin, un hecho dramático.

Una obra acontece. Y todo acontecimiento puede expandirse en la medida que profundizamos las posibilidades de los puntos de vista. Me gusta pensar que una obra vive y se desarrolla en la medida que nos permitimos observarla desde diferentes perspectivas. Finalmente es lo que sucede cuando la misma obra se expone, cuando es intervenida por las distintas miradas de los lectores y el público.

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Dibujo de Miguel Nigro.